78 Años de Soledad (parte 4)
– por Mario Crescibene
Parte 4
Un hombre corre de un lado a otro como un niño pequeño, golpeando un tambor chamánico, mientras un gran grupo de colombianos reunidos frente al televisor de la tienda de la esquina salta de sus asientos cuando Colombia marca un gol contra Ghana. Yo estoy sentado en medio de todo ese caos, golpeando con orgullo mi redoblante, vestido de pies a cabeza de amarillo, azul y rojo.
Desde temprano ese día se podía sentir cómo crecía la tensión. En cada ronda
del Mundial, a Colombia le había tocado jugar el último partido. Eso, por sí solo, le daba un fervor especial al torneo: ver primero cómo todos los demás descubrían su destino… y solo al final conocer el propio. Con cada victoria, se podía sentir cómo la ilusión colectiva empezaba a tomar forma. Tal vez —solo tal vez— este equipo podía hacer historia.
Colombia siempre ha sido una selección al borde de la grandeza. Perdimos 1-0 contra Argentina en la disputada final de la Copa América de 2024. Cualquier colombiano te dirá que tuvimos oportunidades para ganar ese partido. También quedó la amarga eliminación del Mundial de 2018, cuando Inglaterra nos dejó afuera en los penales durante los octavos de final. Y, por supuesto, está la inolvidable campaña de 2014, con James y Falcao, cuando Colombia alcanzó los cuartos de final.
Este año teníamos el legado de James Rodríguez. Teníamos a la estrella del presente en Luis Díaz. Y teníamos el futuro con Richard Ríos y Gustavo Puerta. Pero sabíamos que necesitaríamos un poco de suerte para hacer historia. Porque con un poco de suerte… cualquier cosa es posible.
Empezamos con una sólida victoria por 3-1 sobre Uzbekistán. Luego vencimos a una combativa República Democrática del Congo. Y cuando empatamos con Portugal en el decisivo último partido para ganar el grupo, de repente, con la fase de grupos terminada, el camino hacia la gloria comenzó a revelarse.
Los dieciseisavos de final nos enfrentaban a Ghana. Sabíamos que podíamos vencer a Ghana.
Después, lo más probable era enfrentar a Suiza. Y también podíamos vencer a Suiza.
Eso, muy probablemente, nos llevaría a una revancha contra Messi y Argentina. Y, como habíamos demostrado en la Copa América… también podíamos vencer a Argentina.
Era imposible no imaginar un camino que podía llevar a Colombia a alturas nunca antes alcanzadas.
Y entonces, después de toda la expectativa acumulada mientras se disputaban los demás partidos de los dieciseisavos de final, ahí estaba yo, golpeando mi tambor, viendo cómo Colombia se ponía en ventaja frente a Ghana. Por fin, la realidad parecía alinearse con nuestro sueño colectivo.
Cuando sonó el pitazo final y Colombia aseguró su clasificación a los octavos de final, todo el barrio se convirtió en una fiesta. La salsa sonaba desde cada casa, los vecinos bailaban en las calles y los niños corrían detrás de un balón, imaginando que algún día ellos también serían héroes de la selección colombiana.
Y, sin embargo, cuando llegó el turno de enfrentar a Suiza, nuestro sueño colectivo se hizo añicos. La ya conocida falta de gol y las oportunidades desperdiciadas volvieron a condenarnos. Las esperanzas mundialistas terminaron ahí. El camino que se había abierto de par en par se cerró de golpe, y la realidad irrumpió para apagar la fiesta.
Hoy vemos una historia muy parecida al observar la segunda mitad de la temporada de los Guardians. Sabemos que tenemos el camino que necesitamos: el calendario restante más fácil de las Grandes Ligas. Tenemos el legado de José Ramírez. Tenemos a las estrellas del presente en Steven Kwan, Gavin Williams y Cade Smith. Y tenemos el futuro con DeLauter, Bazzana y Messick.
Pero, al igual que Colombia, tener el camino no significa estar destinado a recorrerlo. Hay que aprovechar las oportunidades cuando se presentan. Porque, si no lo haces, igual que les ocurrió a los Cafeteros, el sueño puede terminar incluso antes de que la fiesta haya comenzado.











