78 años de soledad (parte 3)
– por Mario Crescibene
Parte 3
Bajo una autopista elevada en el sur de Medellín, un skatepark ya está en movimiento. Los skaters entran al bowl desde todos los ángulos del concreto, trazando líneas que deberían terminar en choque, pero nadie se estrella contra nadie. Las ruedas muerden el cemento y las tablas revientan contra el borde; el humo de blunts y cigarrillos se enrosca sin rumbo bajo las luces. Este es el 4 Sur, y esta noche se celebra el décimo aniversario de Rodeo Skateboard
— la mejor skateshop de Medellín.
Encuentro un espacio abierto en unas gradas de concreto que miran directo al bowl, improvisadas como tribuna. El parque ya está lleno aunque la noche apenas arranca. Los cuerpos se aprietan a ambos lados mientras más gente sigue llegando. No estoy seguro de cuándo llegué, pero así se mueve el tiempo en la ciudad de la eterna primavera. Se diluye y se dispersa como el humo de los blunts.
Arriba, luces fluorescentes corren en líneas largas por la cara inferior de la autopista, iluminando el parque de concreto abajo. Todo está cubierto de graffiti. Personajes de caricatura comparten pared con ratas pintadas que atraviesan las rampas como si fueran su territorio oficial. El mascotaje oficial del 4 Sur. Un bicho verde pintado en el borde de un montículo circular me mira desde abajo con los ojos rojos, perdido en su propia combustión imaginaria. Solo queda imaginar qué se estaba fumando ese bicho. Tags encima de tags, un panteón entero de aerosol bajo este cielo de cemento.
El skatepark se extiende más de lo que parece. Bowls que desembocan en otros bowls, rieles y obstáculos ocupando cada espacio intermedio. Una rampa se funde en una curva que sube por una pared hasta tocar la autopista. Un desafío directo al techo de la ciudad. En el centro, una isla de cemento se levanta como altar. Los skaters suben ahí a descansar, fumar y mirar a las ratas abajo. Porque las ratas pintadas en las paredes no son solo un símbolo. Son un autorretrato. Aquí en el 4 Sur se llaman así: Las Ratas.
Una de ellas, desde la isla de cemento, apaga el cigarrillo, se levanta y cae al bowl. Fluye sin fricción por el sistema del parque, atraviesa el caos como si lo hubiera ensayado toda la vida y sale justo frente a mí. Patea la tabla hacia arriba sin cuidado aparente; el skate gira bajo su cuerpo suspendido un segundo en el aire, y vuelve a caer sin romper el ritmo. Antes de que alcance a procesarlo, otros dos cruzan el encuadre: uno grinda el riel, el otro rueda equilibrado sobre dos ruedas traseras.
Todo el parque es un microcosmos propio, trucos infinitos ocurriendo al mismo tiempo. Parece caos: tablas volando en todas direcciones. Un pelao pierde la línea cerca del borde y su deck sale disparado por el cemento. Pero el que viene detrás ya lo leyó, curva y lo esquiva sin romper la línea. No hay comunicación verbal entre estos poetas balísticos. Se leen entre ellos. Nadie duda. Nadie se asusta. Son puro instinto.
Dejo de intentar seguir las rutas. Con tantas Ratas cruzando el parque, entender el movimiento es inútil. Pero debajo de la locura hay algo unificado, como un solo corazón. Una conciencia colectiva. No planean sus líneas; las asumen en el instante. No hay medias medidas. No hay freno mental en el borde del bowl.
Ahí me golpea la diferencia entre estos punks rodando sin miedo y la ofensiva de los Guardians. Estos rebeldes sobre ruedas se mueven como si obedecieran a un destino inevitable. En cambio, los Guardians, antes de la serie contra los Athletics, han estado intentando forzar el destino con el bate, como si el swing pudiera dominar el momento en vez de entrar en él. Las Ratas se dejan llevar por el bowl. Los Guardians lo quieren someter.
Me levanto y empiezo a rodear el parque por el perímetro del bowl. Paso gente tomando cerveza, fumando, apoyada en las barandas, viendo el espectáculo a centímetros de distancia. Un skater grinda justo al lado de un grupo de espectadores y ninguno se inmuta. Hay una fe en estos creativos del concreto que yo todavía no tengo, mientras avanzo esquivando cuerpos y tablas sueltas.
El extremo del parque abre en una zona más amplia, con mesas improvisadas llenas de camisetas, gorras, stickers y posters del décimo aniversario de Rodeo Skateboard. Detrás de una de las mesas está él, brazos cruzados, en su propio altar: Juan, el dueño de Rodeo Skateboard.
Es bajo, discreto, pero algo en él no encaja con lo ordinario. Barba gris larga, pelo más largo aún, mirada de otra época. Un brujo del skate. Está rodeado de discípulos pasando botellas, contando caídas legendarias, mostrando cicatrices como medallas. Otros llegan solo a saludarlo, abrazarlo, rendirle tributo. Sin Juan, esta escena no existe. Es el Rey de las Ratas, y esta noche es suya.
Espero un hueco y me meto a saludar, reconociendo el evento. Él asiente con una sonrisa amplia, satisfecho, viendo su década materializada en tiempo real.
Pero ya es tarde, le digo. “Creo que me voy a ir a la casa.”
Niega con la cabeza, exagerado. “¡No te puedes ir ahora! La noche apenas empieza. Solo quince minutos más.” Saca un blunt detrás de la oreja, lo enciende y me lo pasa sin decir nada.
“Listo. Quince minutos más,” acepto. No le puedo decir que no a Juan. Y nunca le digo que no a un blunt.
Un grito estalla desde el bowl. Me giro: están envolviendo un riel en tela y empapándolo con lo que solo puede ser gasolina. Un encendedor prende y el riel se convierte en una línea de fuego.
Se arma la fila. Competencia improvisada. Uno tras otro suben a demostrar técnica y huevos.
La gente se aprieta más. Se abren espacios a empujones suaves. Voces suben. Un rider toma velocidad, entra al riel en llamas. El fuego explota a ambos lados de la tabla mientras desliza atravesándolo todo. Sale del otro extremo con el metal escupiendo chispas.
El público revienta. Juan lanza una camiseta que vuela directo a la mano del ganador. Otro ya está arriba esperando su turno. El riel sigue ardiendo. Apenas cae uno, el siguiente ya está entrando. No hay pausa entre aterrizaje y compromiso.
A seis mil kilómetros, en Sacramento, los Guardians empiezan a encontrar su propio ritmo. Después de semanas arrastrándose en el plato, los bates finalmente despiertan. Algo en ese aire del norte de California, quizá. O quizá están empezando a entrar en la misma conciencia colectiva, dejando que el momento los lleve en vez de pelearlo.
Un tipo se sienta en una banca de concreto a mi lado, encendiendo un cigarrillo. Mira el riel y luego me mira a mí, asintiendo con ese reconocimiento universal entre desconocidos que han terminado en el mismo borde del bowl. Asiento de vuelta. Me ofrece un cigarrillo, pero lo rechazo. Solo blunts para mí.
“¿Primera vez aquí?” me pregunta.
“Primera vez en un evento así,” digo. “Pero ya he estado en el parque antes.”
Sonríe con complicidad y me dice su nombre mientras chocamos los puños. Lleva años patinando en el 4 Sur. Me señala a varios riders en la fila y me dice cuáles vale la pena mirar. Mientras la competencia sigue, habla de Juan con un respeto reverente, y de la leyenda que es Rodeo Skateboard. Pero cuando el riel en llamas empieza por fin a apagarse, ordeno un Uber y le digo que ya es tarde, que debería irme a casa. Tengo un artículo que escribir.
Se ríe, el humo saliéndole por la boca, y niega con la cabeza. “No, hermano. Solo quince minutos más. Lo mejor todavía no ha empezado.”
Cedo y cancelo el Uber. Bueno. Quince minutos más.
Como si fuera señal, Juan arrastra un aro metálico desde detrás de las mesas y lo planta en la base de una de las rampas pequeñas. Repite el mismo ritual: tela, gasolina, fuego. Las llamas apenas empiezan a subir cuando ya alguien viene a toda velocidad. Baja la cabeza, patea la tabla en un ollie que atraviesa el círculo de fuego, y sale del otro lado cayendo limpio, las ruedas chillando contra el cemento mientras curva para esquivar a la multitud que sigue presionando desde todos lados.
Otra camiseta vuela por el aire como señal de aprobación de Juan. Una Rata tras otra intenta cruzar el anillo de fuego. Juan se ríe, disfrutando el espectáculo desde su mesa, lanzando camisetas y premios tan rápido como los punks los ganan. A su lado, un grupo de roadies empieza a montar amplificadores y una batería, preparando la primera banda de la noche.
En minutos, una banda de thrash metal rompe su primer tema a todo volumen, llenando el 4 Sur de asalto sonoro. La guitarra entra gritando, saturada de distorsión. El bombo golpea con doble pedal, los platillos caen sobre la multitud en oleadas. El cantante, sin camiseta, suelta letras que no entiendo, más grito que canción, más bestia que voz. Gira el micrófono sobre su cabeza por el cable como un lazo, y en cada golpe del compás lo atrapa de vuelta en la boca para escupir la siguiente línea.
Se abre un mosh pit frente al escenario y me abro paso hasta el centro. Mientras en el bowl los riders nunca chocan, aquí es lo contrario. Los cuerpos se estrellan entre sí, poseídos por la misma energía que posee al loco del micrófono. Un hombro me golpea y me gira. Empujo de vuelta a otro cuerpo. El pit me absorbe y me escupe sin romper su ritmo.
A pesar de los golpes, nadie cae. Y como en el bowl, nadie duda. Todos se lanzan contra todos con abandono total y la certeza de que serán atrapados y devueltos al movimiento. No hay cálculo. No hay ángulos. No hay preparación. El cuerpo decide, y el cuerpo ejecuta.
La banda termina con un último estallido, el cantante grita una vez más y deja caer el micrófono. El rugido del público explota como agradecimiento por la violencia del set. El sudor cae por todos lados mientras la banda cede el espacio al siguiente grupo. Miro el celular. Es tarde. Lo guardo.
Solo quince minutos más, me digo.
La siguiente banda empieza a montar donde hace un momento estaba la de thrash, sacando congas y un set de timbales mientras los trompetistas calientan a un lado. La energía del parque cambia antes de que suene una sola nota. Los que hace un minuto se lanzaban sin miedo en el mosh pit ahora se reacomodan con urgencia para encontrar pareja de baile, limpiándose el sudor de la cara y recuperando el aire mientras la banda arranca.
Entra la clave en los timbales, los metales caen en el downbeat, y todo el parque se desploma al mismo tiempo en un ritmo de salsa. Una pareja empieza a bailar a mi lado, la mujer girando bajo el brazo de su pareja y volviendo sin perder el pulso, las manos deslizándose por la espalda del otro sin romper el ritmo. Al lado, otra mujer se agacha bajo el brazo de su pareja y vuelve arriba riendo. El mosh pit se ha convertido en pista de baile sin que nadie lo anuncie, y en el bowl los punks siguen patinando.
El beat de salsa me atraviesa, las caderas encontrando el sabor latino, los hombros sacudiéndose al ritmo de la música. Una mujer a mi lado me toma la mano y caemos en el paso, su cuerpo leyendo el mío antes de que cualquiera de los dos haya dicho una palabra. Gira bajo mi brazo, y ya la estoy trayendo de vuelta antes de que aparezca el pensamiento. Vuelve a caer en mis brazos con una vuelta, con la alegría pura de la improvisación instantánea escrita en la cara.
La noche ya no es algo que está pasando frente a mí; ahora me atraviesa. Ya no soy un observador de un fenómeno externo. Lo estoy viviendo. Todos lo estamos viviendo. La banda de salsa creando la banda sonora mientras los bailarines y las Ratas en el bowl se mueven en el mismo flujo. La noche infinita desplegándose capítulo tras capítulo. Y mientras los Guardians encuentran su ritmo en Sacramento, yo estaré aquí. Yo y mis Ratas de Medellín.












