La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México es un testimonio vivo de la evolución arquitectónica que ha experimentado la capital mexicana desde el siglo XVI hasta el XIX. Este majestuoso edificio, ubicado en el corazón del Centro Histórico, no solo es un símbolo religioso, sino también un reflejo de los cambios estilísticos que marcaron la época colonial y el inicio de la independencia de México.
Los Primeros Pasos en el Siglo XVI
La construcción de la catedral comenzó en 1573, bajo la dirección del arquitecto español Claudio de Arciniega, quien se inspiró en las catedrales españolas, especialmente en la de Jaén. La obra se inició alrededor de la antigua iglesia mayor, que había sido construida poco después de la conquista española. Durante este periodo, se establecieron
las bases de lo que sería un proyecto monumental, con una planta de tipo basilical que incluía cinco naves y un crucero.
El uso de materiales locales, como el tezontle y la chiluca, fue fundamental para la construcción, debido a la naturaleza fangosa del terreno. La cimentación se realizó con una técnica que incluía pilotes de madera, lo que permitió asentar la estructura en el suelo lacustre de la antigua Tenochtitlán.
El Barroco y el Churrigueresco en el Siglo XVII
A lo largo del siglo XVII, la catedral experimentó una serie de transformaciones que reflejaron la influencia del barroco y el churrigueresco. Este último estilo se hizo evidente en la ornamentación interior, especialmente en el Altar de los Reyes, una obra maestra de Jerónimo de Balbás, que se completó en 1737. La riqueza decorativa de este altar, con sus columnas estípites y su dorado exuberante, es un ejemplo del arte churrigueresco en México.
Durante este siglo, también se completaron las portadas laterales y se avanzó en la construcción de las torres, aunque estas no se finalizaron hasta el siglo siguiente. La integración de estos estilos arquitectónicos convirtió a la catedral en un mosaico de influencias artísticas que coexistieron durante la época colonial.
La Conclusión Neoclásica en el Siglo XIX
El siglo XIX trajo consigo la finalización de la catedral bajo la dirección del arquitecto Manuel Tolsá, quien introdujo elementos neoclásicos que armonizaron el conjunto arquitectónico. Tolsá reconstruyó la cúpula y añadió las esculturas de las virtudes teologales en la fachada principal, logrando una cohesión estilística que unificó los diversos elementos arquitectónicos.
La catedral fue finalmente consagrada en 1813, marcando el cierre de un proceso constructivo que duró más de dos siglos. Este edificio no solo es un lugar de culto, sino también un monumento que narra la historia arquitectónica de México, desde sus raíces coloniales hasta su consolidación como nación independiente.













